sábado, 2 de agosto de 2014

Nos hundimos.


Él.
Él vivía en la tristeza. Vivía en la nostalgia. Vivía en un vacío.
¿Y aún así vivía?
Aún así vivía.
Vivía por vivir. Como tantas cosas que hacemos por nada en especial. El vivía porque le parecía que debía vivir.
Pero no porque él quisiera. No, no, no. Él deseaba desaparecer, aunque haber desaparecido lo hubiese visto como un acto de egoísmo.
Porque él no era egoísta. Ni mucho menos. Solo estaba... lleno de tristeza. Lleno de vacío.
¿Cómo alguien podía estar lleno de vacío? Él no era alguien. Y lo supo desde que nació. Él era él.

Ella.
Ella se deleitaba. Ella le amaba. Ella le deseaba. En lo carnal. En lo sentimental. 
Y lo quería salvar. Sabía lo que sentía. Sabía que él no vivía: él llevaba muerto mucho tiempo. Pero respiraba.
Y lo debía salvar. Lo debía sacar de ahí. Debía llenarlo de amor. Debía rescatarlo. Debía.
Y decidió salvarlo. Porque lo amaba. Porque no lo soportaba. Porque aunque no fueran nada, no hacerlo sería egoísta.
Y se ahogó. Porque un alma negra como la de él no tenía salvación. Y el alma blanca de ella no lo soportaba. Y se ahogó. Porque él la empujó (¿o tal vez ella se suicidó al intentarlo?).

                                       
Ellos.
Y se ahogaron. Porque el mal no sabe estar con el bien. Y el bien no sabe curar a el mal.
Y se fueron hundiendo. En lo más profundo del caos. En lo más profundo de ese vacío.
Cuando él la veía él se ahogaba.
Cuando ella le veía ella se ahogaba.
Cuando ellos se vieron... se acabaron hundiendo.

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